José Emilio Muñoz Labra

Informática, literatura y un largo etcétera

Lorena

La lluvia era inclemente en Concepción. Como siempre ocurre en estos casos, el colegio nos mandó temprano a la casa. Mi mamá estaba preparando el almuerzo y la Lili, mi hermana chica, veía monitos en la tele. Apenas entré, mi mamá me pidió ir a comprar parafina. Sin secarme, ni cambiarme ropa, salí, como escapando de su mirada inquisidora o de las preguntas fastidiosas de la Lili.

El sonido de la lluvia parecía más fuerte que hace solo un rato atrás y ante mis ojos solo veía caer las gotas y un camino como pintado con acuarela aguada. Encendí mi personal, en el dial de Radio Gabriela sonaba un tema de Los Enanitos Verdes. La imagen de Lorena, alejándose sonriente a bordo de ese tren, surgió en mi mente como si la despedida hubiera sido hacía nada. Cuando llegó al curso, causó furor. Era una niña que venía de Santiago, morena pálida, pelo largo y frondoso, ojos color miel, con un hermano músico y una madre cantante lírica. Todos los varones del curso querían jotearla. Sin embargo, su mirada se detuvo en mí y mi pancito amasado que traía para la colación. Antes de cualquier cosa, me preguntó acerca de dónde había comprado ese pan, le contesté que mi mamá lo hacía y me pidió que le trajera uno al otro día.

Así nuestra amistad creció a punta de recreos y pan amasado. El momento era siempre el mismo, así como los aromas. A pesar de la hora y el frío, que aún dominaba esas mañanas de invierno, el olor de ese pan recién hecho, la suavidad de su masa, y el sabor natural de sus ingredientes, les daban a esos recreos un gusto especial, que se complementaba con la forma en que Lorena disfrutaba de tan anhelado manjar. Entre sus muchas excentricidades, se le ocurrió regalarme sus pruebas cada vez que se sacaba un cuatro. En agosto, ya tenía una buena colección de sus cuatritos, que en ocasiones gustaba leer. A su lado, primero medio pasó volando. Nunca me atreví a pedirle pololeo, porque sabía que, para una niña como ella, de Santiago, nunca estaría a su nivel; por otro lado, su carácter era tan decidido que, evidentemente, ella tomaría la iniciativa si lo consideraba apropiado.

Ese día llegó cabizbaja, cosa que nunca había visto en ella. En el recreo, después de pedirme el pan, me dio la noticia. Su papá se iba trasladado a Valparaíso, y ella, junto a su mamá y hermano, se irían el sábado. Solo atiné a mirarla. Por el maldito reglamento del colegio, no le podía tomar la mano ni menos abrazarla, como hubiera querido. Mis ojos se pusieron brillosos, al igual que los de ella. El silencio se hizo eterno. Decirle que la iba a extrañar, o que la quería, podía ser un riesgo, por lo que las palabras no fueron necesarias para expresarle mi sentir. Creo que ella lo entendió, sus ojos parecían decirme lo que siempre hubiera querido escuchar, pero hoy lo dudo, siento que solo fue mi deseo.

El sábado me levanté más temprano que de costumbre. Apenas llegué a la estación, me encontré con Lorena. Se veía alegre, al fin y al cabo, el traslado de su papá significaba estar cerca de Viña del Mar y ella quería carretear en sus pubs y ver el festival. Me saludó efusiva y me pasó una carta, con la condición de que la abriera para la navidad. Por mi parte, le regalé una bolsa de género con seis panes amasados, que mi mamá había hecho especialmente para ella. Su alegría al recibirlos compensó cualquier sentimiento de tristeza que hubiéramos podido tener en ese momento. De inmediato abrió la bolsa, sacó un pan, lo partió por la mitad, y me regaló una de ellas. Sonriendo, me dijo que una de las cosas que extrañaría de Conce serían nuestros recreos con pan amasado. La conversación no pudo seguir más, porque su mamá la urgió a subir al tren.

Lorena se sentó por el lado de la ventana. Unas gafas negras, modelo sesentero, tapaban sus ojos miel, pero su sonrisa no era opacada por nada. A través del vidrio, parecía que su piel se aclaraba aún más y por más que ella gesticulaba, no podía entender lo que me quería decir; a estas alturas supongo que debió haber sido algo relacionado con el pan. Cuando el tren comenzó su marcha, ella dejó de mover sus labios y sonrió. Sería la última imagen que guardaría de ella.

No tenía nada que hacer la mañana de un sábado, así que me fui a pie hasta el centro. Mi boca aún tenía el gusto del pan que Lorena había compartido conmigo, era la última sensación vivida con ella, por lo que no quería que se esfumara. Sin embargo, así como el tren se alejó pronto de mi vista, el sabor del pan desapareció sin dejar rastros ni memorias. Cuando iba a la altura de Rengo con Carrera, comenzó a llover.

Reencuentro

Antes

Qué rareza más amable
quererte en el dolor de tu mirada
abrazarte en un eterno soñar despierto
silenciar los momentos para protegernos
dejar que tu sombra pase sin que me cubra

Qué rareza más amable
qué porfía más dura
solo en esta poesía torcida tengo la libertad de hablarte

Después

Mis palabras están cansadas
no quiero morir
la estocada es definitiva
la sangre llora en un pulso oscuro
no hay manos para esas hojas
letras silenciadas en desprecio
mirada cerrada con candados de dolor
callar no sirve
esperar tampoco
las piernas se debilitan
en un ritual de almas trizadas
el libro se guarda en una bolsa de papel
la herida vuelve a quedar al descubierto
es noche de luz de luna distante
renacida tras la amenaza de un eclipse

Tigres imperiales

Tu espalda senda temible
me despierta en sus rugidos
desafiando aquel descanso
eterno del contemplarte

Recorrerla es infinito
a mis ojos deslumbrados
la visión se torna fiera
al acecho de esos tigres

Atentos privilegiados
moran en tu piel dulce granate
no hay temor en sus miradas
solo se inclinan a tu voz

Aprisionado en tus placeres
me haces un tigre imperial
      imperfecto
      infinitamente en guardia
      cautivo de tus manos

Entelequia – Poema 4

Búsqueda de ilusión
cercana al riesgo
juego del todo o nada
avivado por tus secretos
el respiro es ciego
inundado por tu boca
en tus palabras me anido
esperando el cumplimiento
la vida nos embriaga
en azares cotidianos

Dichosas tus manos inquietas
diseñando mundos casuales
su vaivén hipnótico
distrae al incauto
mientras ignoras miradas
desechas voces que mienten
desahogada en palabras
apruebas el texto simple
discreto en extensión
macizo en contenido

En ese pasillo estrecho
tus pies forman texturas
protectoras del fuego
emergente de tus pasos
lo sensible se fortalece
amparado por tus besos
las grietas se cierran
si tu mirada me levanta
en el parque de tus sueños
he levantado mi morada

Quiero ser

Quiero ser tu casa
pero prefiero ser un pájaro
volar hasta tus secretos
cantando todas tus mañanas

quiero ser tu patio
mas prefiero ser una rosa
plantada frente a tu ventana
levantando tu sonrisa

quiero ser tus cejas
pero prefiero ser tus ojos
joyas esotéricas
talismanes del orgullo

quiero ser tu almohada
mas quiero ser tu cama
guardiana de tu cuerpo
refugio de tus deseos

quiero ser tu cuarto
pero prefiero ser tu espejo
exaltar tu alma
perdida en las penumbras

quiero ser tu nariz
mas quiero ser tus labios
senderos húmedos
reflejos del cielo

podría ser tu cabello
pero prefiero ser tus manos
o un anillo en tus dedos
artesanos de tu existencia

quiero ser sonido de estrellas
o un paisaje pintado
sin borrones ni enmiendas
palabras habitando tu piel

si tan solo fuéramos niños
sin historias atrapadas
sin dolores crónicos
sin heridas que lloran

si tan solo fuéramos niños

Como tantas veces

De tanto repetir nuestros nombres ya se pudrieron
la esquina del encuentro señalaba “no estacionar”
te apuraste, sonreíste y te pusiste seria
mis piernas flaquearon como tantas veces
trajiste mis poemas impresos
los lanzaste a mi cara diciendo
no necesito tus palabras, me sobran
me quedé quieto como tantas veces
tus ojos reflejaban desengaños y penas
la esquina del encuentro parecía hundirse bajo mis pies
realmente no debí haberme levantado
las palabras volaban por la calle atropelladas
un niño atrapó una hoja y se la llevó
tu risa no satisfacía tu hambre
dijiste algo de nacer, volar, abrazar y morir
la esquina del encuentro se llenó de hojas
parecía un otoño de poesía perdida
la brisa hacía bailar tu pelo como en un ballet imaginario
dijiste algo de sangre coagulada en pétalos
sangre bebida en sorbos ansiosos
sangre devuelta en frascos trizados
la esquina del encuentro calló ante tu voz
giraste y comenzaste a alejarte
y yo solo te observé como tantas veces

Porcelana magullada

Piel de porcelana magullada
mirada errante suspendida
ausencia dolorosa y continua
camino borrascoso de precipicio

El tiempo estaba a nuestro favor

El tiempo estaba a nuestro favor
pero no me di cuenta
cada oportunidad camuflada en momentos
pasó sin detenerse ni buscarnos
las espinas de tus ojos son frágiles
pero desangran la fatiga ansiosa
monstruos internos, llagas profundas
venganza no correspondida, gesto cambiado
no hay excusas ante el error voluntario
límite traspasado provoca avalancha
la paz pide su momento
dejar ir es un acto de amor

Herida húmeda

Herida húmeda
rastro doloroso
gesto perturbado
no hay cura en tu ahogo
la luna es testigo
de tu goteo continuo
el sol desgarra
posibles costras
tu aliento sonámbulo
revive la pesadilla
los verdugos me esperan
en multitud de noches
fantasmas cansados de gritar
mis múltiples ruegos
te llamé en mi luz
no entendiste mi mensaje
te transformaste en aquello
que quiero sepultar
no te acerques
no me mires
no me hables
te golpearé
hasta poder volar

Feliz 2019!

El año que recién pasó fue más intenso de lo que esperaba. Me encontré con la literatura cara a cara, lo que hizo que mis días se volvieran más intensos e interesantes de vivir. He tenido momentos complicados, debido al problema que tuvo mi mamá a comienzos de año y del cual ella todavía sufre consecuencias, pero ahí estamos, como decía el tío Pepe, “firme la pata del loro”, nada nos detiene.

Fue un año de crecimiento, intenso desde el comienzo, en donde todo ha cambiado.

Feliz año nuevo, mis buenas personas. Abrazo y la mejor de las aventuras siempre.